Alrededor de 80 millones de personas usan Tinder en todo el mundo, y se calcula que en España más de 3 millones recurren a aplicaciones de citas para conocer a alguien. Sin salir del sofá ni quitarse el pijama, basta con deslizar el dedo para acceder a un catálogo casi infinito de personas dispuestas —al menos en teoría— a iniciar algún tipo de relación.
Nunca fue tan fácil encontrar una cita. Y, sin embargo, para muchos, nunca fue tan difícil sostener el deseo o construir un vínculo duradero.
En consulta, escucho a menudo relatos que combinan ilusión, hastío y desencanto. Personas que entran en estas plataformas con ganas de conocer a alguien y acaban sintiéndose vacías. Algunas relatan encuentros sexuales donde apenas cruzaron palabra; otras se frustran por la repetición de tener que presentarse una y otra vez ante alguien completamente desconocido, atrapadas en la primera fase, como si vivieran el día de la marmota. Hay quien confiesa haberse sentido como una historia de Instagram: vista, consumida y rápidamente olvidada. Y también quienes, con suerte y paciencia, han encontrado relaciones valiosas a través de estas apps.
Las aplicaciones no son buenas ni malas en sí mismas. No se trata de demonizarlas ni de divinizarlas. Son herramientas, y el algoritmo intenta afinar cada vez con mayor precisión para mostrarte perfiles que se ajusten a tus gustos.
Sabemos que estas plataformas multiplican las oportunidades para ti… pero también para quienes están al otro lado. Esto crea un escenario de mayor competencia, donde la comparación entre perfiles se vuelve constante. A veces, una conexión que podría haberse cultivado con tiempo la descartas en segundos por un mínimo detalle: una palabra que no te convence, una foto que no encaja, guiado por la ilusión de que siempre habrá alguien mejor a un clic de distancia. La inmediatez nos acerca… pero también nos tienta a un descarte compulsivo.
La abundancia de opciones no garantiza la calidad de los vínculos. Un cuerpo presente no asegura la presencia de un sujeto: con historia, con heridas y con deseos propios; con formas de amar, de comunicarse, de defenderse; con miedos y con rarezas, sin duda, pero también con mundos por descubrir. Porque muchas veces solo se desnudan los cuerpos, pero no así las personas. Y echamos de menos poder mirar y ser mirado con algo de verdad.
Más allá de estas aplicaciones, el asunto es cómo nos enfrentamos al deseo propio y al del otro. Por eso, no se trata de abandonar las apps ni de entregarse ciegamente a ellas, sino de detenerse un momento y preguntarse:
- ¿Qué espero que el otro vea en mí? ¿Qué deseo mostrar?
- ¿Qué tendría que ocurrir en una cita para sentir que valió la pena?
- ¿Cómo me siento cuando noto que me han usado? ¿De qué otro modo podría haber actuado para luego no sentirme así?
- ¿De qué huyo cuando alguien se fija en mí de verdad?
- ¿Qué se repite en mis encuentros, a pesar de ser con personas distintas?
- ¿Qué hago con las decepciones? ¿Qué aprendo de ellas?
No hay respuestas definitivas, pero tomarse el tiempo para reflexionar sobre estas preguntas puede ser un buen punto de partida. Quizás no se trata de encontrar a la persona perfecta a la primera, ni de esperar que el algoritmo lo haga todo por ti. Al final, más que sumar un nuevo «match», lo que de verdad importa es vivir una experiencia que valga la pena. Y, a veces, eso no ocurre con el perfil ideal, sino con alguien que, a primera vista, parecía no encajar… pero que sorprende cuando hay espacio para la naturalidad, la escucha y el deseo sincero de conoceros sin prisas.
Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia


Me imagino que se trata de lugares frecuentados por gente muy frágil que huye de la soledad y a la vez por depredadores sin escrúpulos. Como un gallinero abierto a los zorros. Demasiado peligroso.