Hay mujeres que se pasan la vida probando dietas, intentando —y a veces abandonando— rutinas de ejercicio físico, sin entender por qué su cuerpo apenas adelgaza a pesar de todo el sacrificio. El esfuerzo está, pero los resultados no llegan. Lo que muchas no saben es que su problema no es de falta de voluntad, sino de una enfermedad médica poco conocida: lipedema.
El lipedema es una enfermedad progresiva que afecta casi exclusivamente a mujeres y que provoca una acumulación anómala de grasa, sobre todo en piernas y brazos. Su origen aún no está del todo claro, aunque se ha comprobado que tiene un componente genético y otro hormonal. De hecho, el inicio de la patología suele coincidir con cambios hormonales importantes, como la pubertad, el embarazo o la menopausia.
Lo más característico es que las células adiposas del lipedema apenas responden a las dietas ni al ejercicio físico. Estas células crecen, presionan los tejidos y provocan dolor. No se trata de obesidad común, aunque durante décadas se haya confundido con ella. La Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) no lo incluyó hasta 2018, lo que ha retrasado tanto su reconocimiento médico como el acceso a diagnósticos adecuados.
Las personas que lo padecen suelen vivir afectadas por esta imposibilidad de controlar la gordura de su cuerpo, con su vida girando alrededor del peso y, a menudo, sufriendo consecuencias psicológicas profundas: deterioro de su autoimagen, baja autoestima, sensación de frustración y desesperación ante tantos intentos fallidos; finalmente, impotencia y dejadez.
Por si fuera poco, a todo ello se le suma la presión externa: críticas constantes de familiares, comentarios de amigos o insistencia de profesionales de la salud en que “la solución” es más dieta y más ejercicio. Así, estas mujeres viven cargando con el peso de su cuerpo y con el peso de la culpa.
El impacto emocional es enorme: vergüenza del propio cuerpo, aislamiento social, desesperanza. Muchas ni siquiera saben que lo que tienen es lipedema. No logran comprender la respuesta de su cuerpo y, al mismo tiempo, se sienten incomprendidas por los demás. Ni ellas ni los allegados llegan a comprender lo que realmente ocurre.
Hoy se sabe más, pero aún queda mucho camino. El primer paso es nombrar y visibilizar el lipedema, para que quienes lo sufren no se sientan solas ni culpables. Comprender que no es cuestión de voluntad, sino de salud, puede cambiar la forma en que miramos a una amiga, una hermana o una madre.
Porque, como en tantas otras cosas, creemos que ignorar un problema nos autoriza a juzgarlo moralmente. Y no hay mayor injusticia que hacer sentir culpable a alguien por una enfermedad que apenas empezamos a comprender.
Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia

