En las últimas décadas, la salud mental ha pasado de ser un tabú a convertirse en un tema recurrente de conversación. No hace mucho, los medios de comunicación a menudo nos informaban sobre los trastornos de la conducta alimentaria. Hoy, términos como depresión, TDAH y autismo circulan con frecuencia en las redes sociales y en nuestro lenguaje cotidiano. Y, con toda seguridad, mañana serán otros los diagnósticos que ocupen los titulares.
La naturalidad con la que hablamos de los trastornos mentales refleja la importancia creciente que la sociedad está concediendo al bienestar psicológico. La realidad es que la salud mental ya no se queda en la consulta del especialista: está presente en la vida diaria y en la forma en que hablamos de nosotros mismos. Pero ¿sabemos qué es un trastorno mental?
Dos sistemas de referencia
Para responder, es necesario conocer los dos manuales de clasificación que marcan la pauta a nivel internacional:
- El DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Este manual es el más utilizado en el ámbito académico, a pesar de que procede de una entidad psiquiátrica privada y del contexto estadounidense. Como explicaba Geoffrey M. Reed, responsable en la OMS de la clasificación de los trastornos mentales, en una entrevista publicada en Infocop (2012), “el DSM ha sido más usado en la investigación y, por lo tanto, tiene mayor representación en publicaciones. Sin embargo, encontramos el patrón opuesto en la práctica clínica”. En otras palabras: domina en la academia, pero no en la consulta diaria.
- La CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades), elaborada por la Organización Mundial de la Salud. Es el sistema oficial en la mayoría de países, de uso obligatorio en la práctica clínica y con un alcance global. Su objetivo, en palabras de Reed, es claro: “mejorar la utilidad clínica (…) para que los médicos de todo el mundo puedan identificar y tratar estos trastornos más fácilmente”.
Una definición compartida
Pese a sus diferencias de origen y aplicación, ambas clasificaciones coinciden en lo esencial: un trastorno mental es un síndrome caracterizado por una alteración clínicamente significativa en la cognición, la regulación emocional o el comportamiento.
Esto implica que:
- Un trastorno mental no se reduce a un síntoma aislado, sino que se trata de un conjunto de manifestaciones que conforman un patrón reconocible.
- Para considerarse un trastorno, esas manifestaciones deben ser persistentes, clínicamente significativas y generar malestar o discapacidad en áreas importantes de la vida: trabajo, relaciones, estudios u otras.
- La alteración puede reflejar una disfunción en la cognición (la forma de pensar, razonar o interpretar la realidad), en la regulación emocional (la capacidad de modular y manejar emociones intensas como la ansiedad, la ira o la tristeza) o en el comportamiento.
- No se incluyen respuestas culturalmente aceptadas a acontecimientos vitales comunes (como el duelo), ni conductas minoritarias (políticas, religiosas, sexuales), salvo que reflejen una disfunción interna, como sucede en los delirios de la esquizofrenia.
Más allá de las etiquetas
Reconocer que los diagnósticos se basan en criterios consensuados internacionalmente —y no son meras etiquetas— es fundamental para reducir el estigma y favorecer que las personas pidan ayuda. Un trastorno mental no es una elección ni una debilidad, sino un problema de salud que requiere atención profesional.
Asumirlo nos permite hablar de salud mental no desde la crítica o el prejuicio, sino desde la perspectiva de la salud. Y esto es ya el primer paso hacia el cuidado y la recuperación.
Ya sabemos qué es un trastorno mental. Ahora no olvidemos que requiere ser tratado con seriedad y rigor.
Daniel González
Psicólogo en Sevilla especialista en Psicología Clínica y Psicoterapia

